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Ríos de Mendoza

Empapados hasta las orejas, esquivando piedras, al filo de la caída y con el corazón en la boca. Rafting en el río Mendoza. Ahí estaba, extasiado, feliz y sin aliento.

Bajar los caudalosos ríos de montaña, tanto en gomón como en kayac, es experimentar sensaciones extremas, de la euforia al miedo, y del vértigo de los rápidos a la tranquilidad de los remansos, que permiten contemplar la imponente belleza de los Andes mendocinos.

El agua cristalina, que forma los ríos colectores que atraviesan la provincia de Mendoza, recorre un largo camino que pasa por vertientes y arroyos, desde el deshielo de los glaciares y las nieves eternas de las montañas de la cordillera.

En Mendoza la diversidad de relieves provocó la existencia de ríos de dificultad extrema, como el Diamante (sólo navegable en kayacs), y también de otros muy mansos.
El río Mendoza es ideal para practicar rafting por su grado de dificultad media-alta, entre tres y tres puntos y medio (dependiendo del mayor o menor deshielo de la época); por estar cerca de los caminos, lo que facilita el trabajo de los vehículos de apoyo; y además, por supuesto, por el espectacular escenario que brinda la Cordillera de los Andes.

PARA LLEGAR SANOS Y SALVOS
Una mañana de cielo azul decidimos bajar en balsa el río Mendoza. Salimos en una camioneta desde la ciudad de Mendoza rumbo a Potrerillos, ubicada a unos 70 km, donde recogimos los botes y el resto del equipo. La aventura nos saldría cerca de 15 pesos por persona. Con todo encima, continuamos la ruta hacia Uspallata durante media hora más, y finalmente descendimos por un sendero de arena fina hasta el río Mendoza.

Mientras se alistaban los gomones, el guía nos explicaba cuál sería nuestra posición en la balsa y cómo teníamos que llevar los remos hacia el agua, además de advertirnos que, en caso de caernos, nunca soltáramos el remo (con el que facilitaríamos nuestro rescate). Entre otros consejos, también nos dijo que no olvidáramos nadar con las piernas hacia adelante para, de esta forma, amortiguar las eventuales piedras que pudiéramos encontrar en el camino, hasta ser sacados del agua.

El rafting no es un deporte extremadamente riesgoso, pero requiere tomar algunos recaudos.

TRAGADOS POR LA FUERZA DEL RÍO
Primero entró al agua un kayac para verificar el estado del cauce. Una vez que nos confirmaron que estaba todo bien, cargamos el bote sobre nuestras cabezas hasta el lugar de salida. El comienzo de aguas tranquilas nos dio la oportunidad de practicar la coordinación entre los tripulantes y así estar más preparados para los rápidos, que no tardaron en llegar. Todo estaba muy manso hasta que de pronto la proa empezó a zambullirse y rebotar contra las rocas, empapándonos más y más con cada salto. Seguíamos remando, pero nuestra sensación era que el agua nos llevaba por donde quería y cómo quería. En un momento tuvimos que girar el bote íntegramente, pero de todos modos no pudimos evitar chocar de costado con una piedra enorme. Después de la sacudida, rebotamos y quedamos bastante descolocados, pero ya habíamos salido de la zona complicada.

A ese comienzo inquieto le siguió una corta calma, hasta que en la Quebrada del Sesenta otro rápido nos volvió a dejar con el corazón en la boca. De todos modos, como ya teníamos más experiencia, alcanzamos a evitar una gran piedra y pudimos disfrutar un salto increíble. Estuvo buenísimo, salvo porque quedé sujeto solamente del pie derecho (que había pasado debajo de una cuerda que atraviesa el piso del gomón), mientras mi cabeza besaba la espuma del río y la pierna izquierda volaba por el aire. Raúl, un cordobés que tripulaba la parte delantera, quiso gritarles a mis compañeros que me sujetaran, pero en el medio de todo esto una ola se estrelló contra la proa y Raúl terminó tragándose el agua de medio río.

Ya cerca de la Estación Aforadora (donde se mide permanentemente el caudal y la altura del agua), el cauce del río dio una gran vuelta y se alejó del camino, a la vez que se hacía mucho más ancho y menos profundo. Desde allí admiramos la belleza del Cordón del Plata y su decano, el Cerro El Plata (de 6.310 metros), acompañados por una serie de cumbres menores que iban descendiendo hasta las suaves ondulaciones de la precordillera. Pasamos debajo de un robusto puente del Ferrocarril Transandino (que en otras épocas cruzaba los Andes hacia Chile) y, aprovechando la poca fuerza del río, decidimos remontar la corriente para cruzar el puente una vez más.

Cuando creíamos que la emoción de los rápidos había terminado, el río nos volvió a sorprender en la zona del Laberinto. "Izquierda atrás, derecha adelante", gritaba el guía. No acabábamos de meter las primeras paladas que venía la nueva orden: "Derecha atrás, izquierda adelante", y esquivábamos otra piedra enorme. El gomón rompía valiente contra cada ola, y nosotros nos sumergíamos con él en una serie de órdenes de girar hacia uno y otro lado, hasta que una bajada hizo doblar la goma de nuestro bote.

Llegamos al final sanos y salvos. Después de la adrenalina del descenso, nos olvidamos del bote dejándolo girar en libertad varias veces sin esforzarnos por evitar el choque contra una pared de roca ubicada en la margen izquierda del río. No nos importaba más nada que festejar la travesía con los remos apuntando hacia el cielo.

Lorena Gianola

 

Especial: Vinos de Mendoza

 
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